El viernes 5 el país amaneció moreteado y avergonzado, parafraseando la frase de Redolés.
Los hechos ocurridos el jueves pasado en la calle son tan importantes y preocupantes, que creo que hay que partir poniéndoles nombre y dimensionando adecuadamente lo que ahí ocurrió.
Ese día el país fue testigo –creo que sin lugar a dudas– de los mayores desórdenes públicos y represión policial más masivos que se hayan visto en los últimos 20 años. Se suprimió de facto el derecho de reunión y miles de carabineros, pese a un despliegue gigantesco de guanacos, policías montados y fuerzas especiales, fueron incapaces de contener a una multitud amplia y dispersa que se manifestó con determinación –y en muchos casos con harta violencia– en las calles.
Recorriendo las calles céntricas con dos amigos, azuzados por la prohibición de Hinzpeter, vimos múltiples barricadas en todo el casco histórico la ciudad en Agustinas, Merced, Lira, Curicó, Portugal, Parque Forestal y un largo etcétera. Algunas de ellas a sólo cuadras del palacio de Gobierno, ardiendo libremente sin que existiera capacidad policial o voluntad ciudadana de apagarlas.
El resentimiento y trasgresión de las barricadas se mezclaban con la alegría y la energía de los cacerolazos espontáneos de ciudadanos, que salieron a solidarizar en un gran número con la protesta.
Era un sentimiento ambiguo de los ciudadanos pacíficos de sentirse libres del miedo manifestándose con sus ollas y utensilios, que se entretejía con la destrucción flagrante que acontecía alrededor. Ambos grupos se unían en un grito que desnudaba de forma feroz nuestras deudas pendientes con el pasado: “Y va a caer, y va caer la educación de Pinochet”.
En varios momentos la manifestación pareció al borde de la revuelta.
Había tantos y tantos y tantos encapuchados haciendo barricadas en cada una de las esquinas, que era inevitable concluir que detrás de todos ellos, además de un delito, había un sentimiento genuino de la sociedad que debe que ser atendido e interpretado. Como nunca se hizo patente que el delincuente es una metáfora de las otras inseguridades sociales, como sostenia Lechner.
Carabineros se vio tan sobrepasado por los sucesos que no me hubiese gustado estar en su pellejo. Estaban en desventaja numérica, sus métodos disuasivos no eran efectivos en disolver definitivamente las manifestaciones, que volvían continuamente a reaparecer. La gente los atacaba verbal y físicamente a ellos sin ninguna consideración. En vez de existir un solo foco de conflicto, eran decenas y hasta cientos simultáneamente, lo que los obligó a tomar una actitud defensiva.
Recuerdo sobre todo la cara de un pelotón de Carabineros fuertemente ahogados y llorando por los ataques con gases lacrimógenos absolutamente desproporcionados de sus propios compañeros de labores. A algunos que los embestían con ahínco y les decíamos a los manifestantes que el problema no son los carabineros directamente, son los dirigentes políticos, las reglas políticas que nos rigen.
A donde todo esto pareciera llevarlos, nos guste reconocerlo o no, es que el país enfrenta uno de sus desafíos más importantes que no tocará abordar en estas décadas. Es un dilema que está en el corazón de las pugnas políticas, ideológicas y de distintas formas de mirar la sociedad que tenemos los chilenos.
Lo que puede parecer más preocupante es que los excesos, desconfianzas y prejuicios de la calle están también en gran parte de nuestros dirigentes, de ambos lados. Unos hablan de que “así no se emplaza a las autoridades” o deslegitiman a actores sociales por ser del Partido Comunista (como si la pertenencia a un grupo o movimiento deslegitimara los argumentos de quien los plantea) y otros se refieren a nuestro gobernantes como “el escuadrón de Chacarillas” (como si fuera legítimo censurar actores políticos pertenecientes al Gobierno que ganó democráticamente las elecciones). Unos ofrecen un diálogo mientras niegan la expresión ciudadana de ese malestar, exacerbando los ánimos y ocultando su posición política sobre la educación.
Como país, tenemos que evitar la estrategia caduca de la transición de no procesar nuestros conflictos y diferencias más severos, quedándonos en modificaciones cosméticas, en la democracia “en la medida de lo posible”. Tenemos que evitar la trampa que la republica binominal nos ha impuesto todos estos años de pensar que no hay conexión entre las reglas de la política y la situación social del país.
Publicado originalmente en sentidoscomunes en agosto de 2011: http://www.sentidoscomunes.cl/diario/2011/08/lo-que-paso-el-4-de-agosto/

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