
Esta semana la única noticia debiese ser el éxito de la selección nacional en el mundial de Sudáfrica. Tres partidos, dos victorias, la clasificación a la segunda fase.
Pero
las celebraciones en Plaza Italia han conllevado -aunque los medios de comunicación han
intentado camuflar su gravedad- serios incidentes, incluyendo
agresiones a policias, daños a negocios, utilización de zorrillos y
guanacos para el control de manifestantes, dispersión de manifestantes
celebrando el triunfo deportivo histórico. Contando los 3 partidos, hay más de 500 detenidos.
La pregunta cae de cajón: ¿Por qué hay que celebrar
un triunfo en un mundial de futbol tirando piedras, saqueando locales,
jugando a ser detenido por Carabineros?
Eventos
similares ya ocurrieron este año después del terremoto -incluso en
lugares sin daños de gravedad- y la sensación de qu era una situación
extremadamente extraordinaria nubló un análisis más detenido al
respecto.
Corriendo el riesgo de ser reduccionista, voy
a ejemplificar lo que está pasando en las aglomeraciones colectivas con
un símil cotidiano.
Usted está de cumpleaños y hace una
fiesta. Si la fiesta no es muy íntima, es probable que lleguen amigos
con otros amigos, con "colados". En medio de la fiesta, los tipos se
agarran a combos, se roban el copete. No le corren mano a las mujeres,
pero se portan mal y la fiesta llega hasta ahí. El problema es que en
diferentes fiestas, con más o menos seguridad, con diferentes
festejados, está pasando lo mismo.
Parece equivocada la hipótesis que los
causantes de los desordenes son delincuentes. Las imágenes en esto son
elocuentes: son jóvenes, la mayoría escolares, estudiantes y menores de
edad, lanzando botellas y destrozando paraderos. No son tipos que anden
robando billeteras, amenazando con cuchillos. No andan en su mayoría
borrachos (de hecho ¡el primer partido fue de madrugada!). No hay un
enemigo conocido a quien vencer (como los clasicos de la U v/s el
Colo). No golpean a los transeúntes.
Andan tirando piedras, igual que los palestinos en Gaza.
Son
alteradores del orden público que utilizan cualquier excusa como una
tragedia, un éxito deportivo, reivindicaciones de movimientos sociales
o fechas especiales en el calendario para webiar, para dejar la cagá.
Es lo que los ciudadanos organizados afectados como la CUT o los
Pinguinos nombran en un lenguaje criptico como "infiltrados".
Más allá de reconocer que es desorden público: ¿en
qué tipo de sociedades pasan continuamente fenómenos de esta
naturaleza? ¿Quién los oprime / por quienes se sienten oprimidos?
¿Quién les da la libertad de agredir y esconderse en la multitud? ¿Qué
pasa con los otros festejantes convertidos en mudos e involuntarios
complices de la destrucción del espacio público?
Si como chilenos no podemos ni siquiera salir a celebrar
juntos el éxito de nuestra selección nacional (que es algo así como la
forma más moderna y validada de nacionalismo) significa que tenemos
problemas graves de convivencia. Al igual que esos hermanos que,
peleados a muerte, no pueden darse la mano ni para el cumpleaños de sus
padres.
Desde el brillante Informe del PNUD del '98 guiado por
Norbert Lechner sabemos que el poder simbólico de la delincuencia es
consecuencia del vaciado del espacio público, de la
sobre-individualización pauteada por la sociedad chilena. Obviamente, esto tiene que ver claramente con la
desigualdad y las inequidades del país, pero no solamente con ella.
Hace 20 años nuestro índice de Gini se mantiene, en la práctica,
inamovible. Sin embargo estos desórdenes públicos parece que han ido
en aumento.
No se trata sólo del sueldo de unos y otros. De los autos de unos
y de las penurias transantiagadas de otros. De las viviendas hacinadas
de unos y las mansiones de otros. De las esperas en salud de unos y los
médicos especialistas de otros.
No. La desigualdad y la segregación social importa, pero no es suficiente. Además, es así hace años.
Pero
ahora pareciera que en muchas partes de las ciudades grandes chilenas,
nuestros lazos sociales se han difuminado hasta casi perderles el
rastro. La gente ya no conoce el nombre ni confía en sus vecinos,
muchas de las organizaciones de base se han desdibujado persiguiendo
fondos concursables. Igual que en la celebración del partido, parece
que siempre gana el más fuerte. Las instituciones no nos merecen
confianza, los políticos casi nula.







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