la desintegración gana por goleada

Enviado por matias montenegro el 25/06/2010 a las 01:08 AM

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Esta semana la única noticia debiese ser el éxito de la selección nacional en el mundial de Sudáfrica. Tres partidos, dos victorias, la clasificación a la segunda fase. 

Pero las celebraciones en Plaza Italia han conllevado -aunque los medios de comunicación han intentado camuflar su gravedad- serios incidentes, incluyendo agresiones a policias, daños a negocios, utilización de zorrillos y guanacos para el control de manifestantes, dispersión de manifestantes celebrando el triunfo deportivo histórico. Contando los 3 partidos, hay más de 500 detenidos. 
La pregunta cae de cajón: ¿Por qué hay que celebrar un triunfo en un mundial de futbol tirando piedras, saqueando locales, jugando a ser detenido por Carabineros?
Eventos similares ya ocurrieron este año después del terremoto -incluso en lugares sin daños de gravedad- y la sensación de qu era una situación extremadamente extraordinaria nubló un análisis más detenido al respecto. 
Corriendo el riesgo de ser reduccionista, voy a ejemplificar lo que está pasando en las aglomeraciones colectivas con un símil cotidiano. 
Usted está de cumpleaños y hace una fiesta. Si la fiesta no es muy íntima, es probable que lleguen amigos con otros amigos, con "colados". En medio de la fiesta, los tipos se agarran a combos, se roban el copete. No le corren mano a las mujeres, pero se portan mal y la fiesta llega hasta ahí. El problema es que en diferentes fiestas, con más o menos seguridad, con diferentes festejados, está pasando lo mismo. 
Parece equivocada la hipótesis que los causantes de los desordenes son delincuentes. Las imágenes en esto son elocuentes: son jóvenes, la mayoría escolares, estudiantes y menores de edad, lanzando botellas y destrozando paraderos. No son tipos que anden robando billeteras, amenazando con cuchillos. No andan en su mayoría borrachos (de hecho ¡el primer partido fue de madrugada!). No hay un enemigo conocido a quien vencer (como los clasicos de la U v/s el Colo). No golpean a los transeúntes. 
Andan tirando piedras, igual que los palestinos en Gaza. 
Son alteradores del orden público que utilizan cualquier excusa como una tragedia, un éxito deportivo, reivindicaciones de movimientos sociales o fechas especiales en el calendario para webiar, para dejar la cagá. Es lo que los ciudadanos organizados afectados como la CUT o los Pinguinos nombran en un lenguaje criptico como "infiltrados". 
Más allá de reconocer que es desorden público: ¿en qué tipo de sociedades pasan continuamente fenómenos de esta naturaleza? ¿Quién los oprime / por quienes se sienten oprimidos? ¿Quién les da la libertad de agredir y esconderse en la multitud? ¿Qué pasa con los otros festejantes convertidos en mudos e involuntarios complices de la destrucción del espacio público?

Si como chilenos no podemos ni siquiera salir a celebrar juntos el éxito de nuestra selección nacional (que es algo así como la forma más moderna y validada de nacionalismo) significa que tenemos problemas graves de convivencia. Al igual que esos hermanos que, peleados a muerte, no pueden darse la mano ni para el cumpleaños de sus padres.
Desde el brillante Informe del PNUD del '98 guiado por Norbert Lechner sabemos que el poder simbólico de la delincuencia es consecuencia del vaciado del espacio público, de la sobre-individualización pauteada por la sociedad chilena.

Obviamente, esto tiene que ver claramente con la desigualdad y las inequidades del país, pero no solamente con ella. Hace 20 años nuestro índice de Gini se mantiene, en la práctica, inamovible. Sin embargo estos desórdenes públicos parece que han ido en aumento.
No se trata sólo del sueldo de unos y otros. De los autos de unos y de las penurias transantiagadas de otros. De las viviendas hacinadas de unos y las mansiones de otros. De las esperas en salud de unos y los médicos especialistas de otros. 
No. La desigualdad y la segregación social importa, pero no es suficiente. Además, es así hace años. 
Pero ahora pareciera que en muchas partes de las ciudades grandes chilenas, nuestros lazos sociales se han difuminado hasta casi perderles el rastro. La gente ya no conoce el nombre ni confía en sus vecinos, muchas de las organizaciones de base se han desdibujado persiguiendo fondos concursables. Igual que en la celebración del partido, parece que siempre gana el más fuerte. Las instituciones no nos merecen confianza, los políticos casi nula.
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