
Lavín estuvo a un tris de llegar a la presidencia en 1999 cargando con una coalición infinitamente más intransigente y conservadora que la actual Coalición por el Cambio.
La Alianza del '99 era una coalición que en su mayoría:
- seguía alineada con Pinochet y su legado,
- se mostraba absolutamente dócil con todos los planteamientos del empresariado;
- defensora de instituciones altamente poco democráticas y representativas como los senadores designados, el Consejo de Seguridad, los senadores vitalicios, etc.
Es legítimo preguntarse, entonces, por qué esa coalición tan pétrea tuvo -al menos hasta este momento de la elección- mejor desempeño electoral que la actual, que se ha abierto a discutir y legislar temas absolutamente impensables hasta hace poco tiempo. Por citar sólo 2 ejemplos: las uniones civiles entre homosexuales y la píldora del día después.
La explicación de este fenómeno tiene, al menos, 3 causas: la confusión entre cambio político y alternancia, el contenido del cambio que el país exige y
Cambio, no alternancia
Un primer frente débil es la fallida lectura de "alternancia" que por años se ha realizado en la Alianza por Chile. La alternancia ha sido leída en el conglomerado de oposición como el hastío del electorado con los políticos de la Concertación que con el transcurrir de los años iban "acostumbrandose" al ejercicio del poder y, en algunos casos, volviendo más laxas las fronteras morales de ciertas prácticas clientelares. Este discurso llegó a su apogeo con la noción del "desalojo"; es decir, con la afirmación convincente de que se contaba con una superioridad ética y moral para gobernar con probidad y transparencia. Lo anterior se vió reforzado con una fuerte arremetida sobre la "corrupción generalizada en el gobierno" y los casos MOP-Gate, EFE, Chile Deportes, etc.
Además, políticos de peso de la Alianza daban a entender que la alternancia era incluso un derecho adquirido por el paso de los años que ya era hora de exigirlo, más que un resultado a partir de un triunfo legítimo por las urnas. "Nos toca" parecían decir en su impaciencia, lo que no puede sino interpretarse como un profundo equívoco respecto de las lógicas de la democracia.
Pero este discurso un tanto esquizoide -"ellos son los corruptos, nosotros entraremos a blanquearlo todo"- tenía el peligro latente de que suponía una disciplina total, absoluta y radical de la probidad por parte de los partidos que la proclamaban. Cualquier tropezón de un dirigente del conglomerado -por piñufla que fuera- podría esfumar en cosa de segundos la autoproclamada superioridad.
Hasta que ocurrió. El año pasado fue el turno de los alcaldes: Cornejo en Recoleta y Plaza en Huechuraba. Hoy son la diputada Nogueira, Dittborn, Errázuriz los que están en el ojo del huracán.
El discurso de la alternancia se ha desinflado a raudales. Hoy tenemos claridad que la oferta de alternancia no le ofrece al país más probidad que la que nos ofrece la Concertación.
El pequeño gran detalle que le hizo perder a la Alianza años luz de madurez, fue darse cuenta que el país no quiere alternancia a secas y que el desgaste del sistema político no es sólo de la coalición gobernante sino del sistema político en su conjunto.
Cambio de estilo, cambio de generación.
Todo parece indicar que el país no quiere meramente una alternancia en el poder, como si de pasar el bastón de unos partidos políticos a otros. No. Lo que el país pareciera querer es un cambio, un cambio similar en profundidad al que aconteció para la elección del '99. Ese año la noción de Presidente -y por ende, de lo que el poder ejecutivo debiera centrarse- se corrió varios puntos desde la perspectiva de un estadista serio, eficiente y formal hacia un personaje empático y preocupado de los problemas de la gente, más cercano. Si bien Lavín perdió ese año la elección, pero Lagos debió lavinizarse en la segunda vuelta, reconociéndo lo acertado del diagnóstico de éste.
De hecho, dicho atributo fué también fundamental también para la elección de Bachelet.
En esta elección, gane quien gane, el cambio central va a ser el recambio generacional. No se trata simplemente de mostrar caras nuevas y dar espacio en la política a los sub 40. Lo que significa en forma profunda es el fin de los ejes ideológicos que han guiado la política en los últimos 40 años.
¿Qué explica sino que un cuarto de la intención de voto de Enríquez-Ominami sea de quienes pensaban votar por Piñera?
En la lógica tradicional, sería esperable pensar en una fuga de votos DC - RN y vice-versa. Pero un liberal ex-PS tiene poco en común con un empresario liberal de RN. Sobretodo si la mitad de la votación de E-O provendría, según todos los análisis, de la izquierda extra-parlamentaria.
El recambio generacional conlleva también un cambio en el estilo de la política. Antes era altamente valorado que el candidato "se supiera todas las respuestas", inclusive si tenía que mentir o engrupir un poco. La lealtad también jugaba un rol fundamental.
Hoy un candidato puede decir tranquilamente "no lo sé". Importa más la sinceridad que el conocimiento.
